miércoles, 21 de marzo de 2012

Rojo Carmesí

A ver que tal os parece. Comentad y espero que os guste. Un abrazo!!


Rojo Carmesí

 
“He vivido por siglos, he recorrido cada rincón del mundo, he saboreado todo tipo de manjares pero jamás olvidaré esa noche, esa mujer y su cuerpo sin vida entre mis brazos... ¿Por qué lo estaba recordando ahora? El fresco olor de su sangre estaba inundando mis pensamientos ¿Por qué?”


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Recordaba a esa mujer, caminando por aquella calle desierta en una noche tan despejada. Su vestido era demasiado pomposo pero lo lucía con una agilidad y soltura palpable, era verde oliva por lo que combinaba perfectamente con su pelo rojizo y su piel blanquecina. 
Podía adivinar que pertenecía a la corte más selecta de Europa, quizás fuera la hija de un Marqués o incluso un Duque. No le importaba, solo podía pensar en el olor que desprendía su sangre, jamás había percibido tal olor, nublaba sus sentidos y no podía controlarse. Sus ojos tornaron rojos y sus colmillos se asomaban fieramente por su boca. Siempre pudo dominar sus instintos hasta que sentía la sangre entre sus dientes, en esta ocasión no.

¿Qué estaba pasando? Esa mujer lo tenía hipnotizado y no podía apartar su mirada, ya encendida, de ella. Saltó de un tejado a otro con gran maestría, su condición se lo permitía y su experiencia de años cazando le otorgaba hacerlo sin fallo alguno. Se podría decir que era un depredador joven ya que no excedía de los ciento veinte años como “no muerto”, sin embargo, era el mejor en lo suyo.

Ya estaba adelantando a la joven cuando saltó repentinamente justo enfrente de ella, la cara de esta reflejaba su sorpresa y su terror al ver las facciones del hombre que ahora se le acercaba muy lentamente.
La mujer, por unos segundos, se congeló pero comenzó a retroceder en sus pasos sin dejar de ver al individuo que la seguía al mismo ritmo, como en una danza hacía la muerte. Lo sabía, ese hombre iba a matarla. Este observó como repentinamente el cuerpo femenino se giraba para correr lejos de él y, lejos de impedírselo, simplemente dibujó una macabra sonrisa en su rostro.

La chica corría con todas sus fuerzas, estaba llegando fácilmente al final de la calle. Giró su cabeza en un segundo, ese desconocido no estaba allí donde lo vio por última vez y su corazón sufrió una terrible punzada cuando volvió su mirada hacia delante: estaba parado justo delante de ella. Esto hizo que al frenar su velocidad casi perdiera el equilibrio, su cuerpo ya no le respondía. El miedo que le produjo el hecho de que ese hombre hiciera algo imposible la dejó completamente helada.

No podía esperar más, el olor que desprendía la sangre de esa joven lo estaba volviendo loco, la atrajo hacia si con su brazo derecho y con la mano izquierda acarició el cabello de la joven. Al apartar un mechón del cuello pudo notar el temblor incesante del cuerpo ajeno. 

Todo acabará pronto dijo él fijándose en la mirada perdida de la mujer que tenía entre sus brazos. 

Esos preciosos ojos se detuvieron en los suyos, algo que hizo que, por un segundo, se quedara petrificado. Ignorando aquella sensación y sintiendo, de nuevo, el refrescante olor de su sangre, no dudó más. Con terrible rapidez hincó sus colmillos en el cuello de la joven haciéndola gemir de dolor. Nadie escuchó el grito ahogado ni el sollozo al sentir que su vida se iba con cada trago que ese individuo daba. Él podía sentir el sabor que inundaba su boca con sumo placer, jamás había probado un líquido tan exquisito, en todos sus años como cazador jamás había tenido esa sensación. Justo cuando la joven iba a dar su ultimo suspiro, cesó. 

Al mirar a los ojos de la joven pudo ver como esta lo observaba fijamente, este hecho lo dejó perplejo, sentía culpa por lo que había hecho. ¿Cómo era posible? Una simple joven haciéndolo sentir remordimiento con sólo observar el azul de esos ojos. No reflejaban rabia por haberla despojado de la vida, no lo miraba con desprecio. 
Él era quien le había quitado su más preciado regalo, sin embargo, en esos últimos segundos, ella lo observaba con ternura, como si sintiera lastima y algún tinte de compasión, casi con una sonrisa, esperaba su muerte en segundos. 

Se sorprendió al verse a si mismo quedarse con ella, casi abrazándola, en sus últimos momentos. Normalmente se habría ido ya, dejando que su cuerpo moribundo diera sus últimas bocanadas de aire. 
Algo aún más escalofriante lo hizo levantarse después de acompañar a la joven en su ultimo aliento... No podía definir él porqué pero de su ojo derecho se escapó una lágrima. Era algo imposible, no podía estar conmovido por la muerte de un simple humano. No, no podía aceptarlo. Jamás. 

Abandonó el lugar con suma prisa como si no quisiera ser descubierto, no por matar a la joven si no por expresar alguna emoción por el hecho de hacerlo.


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Habían pasado tantos siglos de esa noche... ¿Por qué recordarlo precisamente ahora? ¿Por qué estaba recordando ese olor?

No. No lo estaba recordando.

Ahora estaba percibiendo ese olor, justo por eso le vino a la mente esa noche. Pero ¿cómo era posible? Después de tantos siglos el mismo olor que lo volvía loco... 

Giró su cabeza hacia un lado, hacia otro. Sólo veía gente con máscaras, por un momento olvidó incluso que era carnaval, él mismo estaba disfrazado. Se observó, no era un disfraz, era el traje que usó en la recepción de un rey árabe en la corte francesa hacia ya cinco siglos. Sus artimañas lo llevaron a lo más selecto en esa época. 

Pero ahora era un simple empresario que luchaba por sobrevivir en un mundo lleno de cambios. Siempre sabía adaptarse pero odiaba completamente la actualidad, no se acostumbraba a tantas cosas que consideraba vulgares, anhelaba esos años donde un simple gesto valía más que las palabras ordinarias de hoy en día.

Salió de su ensoñación, el olor volvía y cada vez se hacia más fuerte. Temía que no pudiera controlarse y lo descubrieran, así que con gran rapidez robó la máscara a un tipo que la llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón. Se la colocó en el rostro, no podía ser descubierto al no poder redimir sus instintos.

Comenzó a rastrear ese olor, se movía por la multitud lentamente mirando a todos y cada uno de los que tenia medianamente cerca. Entonces se volvió más intenso y cerró su boca rápidamente, sus colmillos asomaban ferozmente. Aunque se dio cuenta de que no importaba si los cubría o no, ya que muchos llevaban ese tipo de prótesis en esa noche. Había todo tipo de criaturas extrañas en ese tumulto...

Sorprendentemente vio algo que lo hizo parar en seco.

Su melena era rojiza, ondulada y muy larga, exactamente como ella, no creía lo que estaba viendo pero el hecho de ver que se perdía entre la multitud lo hizo perseguirla de lejos. Sí, el olor provenía de esa persona, pero no podía alcanzar a ver su rostro, necesitaba verlo, observarla.

No, era imposible, él la mató, no era ella. Entonces ¿por qué su olor era idéntico? ¿Sus sentidos le estaban jugando una mala pasada? 

El verla mirándolo fijamente lo alejó de todo pensamiento, sus mismos ojos, su mismo pelo. No supo qué sensación le recorrió el cuerpo, pero sí sabía que era exactamente la misma que tubo esa noche hace tantos siglos. Ella sonrió y giró su cabeza, dejándolo congelado, por unos segundos.

Otra oportunidad así no volvería a presentarse en el futuro... ¿Qué debía hacer? El recordar el sabor de la sangre que probó de aquella mujer de hacía siglos, lo hizo descontrolarse totalmente. Debía salir de entre tanta gente, debía despejar su mente.

Ya en un callejón pudo observar su oportunidad fallida, claramente. Esa muchacha sonriéndole había hecho el mismo efecto que los ojos de la joven que sostuvo en sus brazos. Debía irse, no quería sentir de nuevo la sensación de culpa por matar a una simple mortal, debía irse aun deseando ese sabor llenar sus sentidos.

Una punzada le traspasó el cuerpo cuando vio la escena...

Aquella muchacha que le dedicó una amplia sonrisa minutos antes estaba forcejeando con un grupo de chicos medio borrachos, no vio claramente ya que estaba demasiado confundido por el olor de la joven y sus pensamientos, no obstante y sin más dilación se dirigió hacia ellos, golpeándolos ágilmente. Ellos, al no estar muy bien de sus facultades, no se percataron de la fuerza desmedida que ese ser tenía. Uno por uno cayeron a sus pies, medio inconscientes y atontados. Dos de ellos, como pudieron, se alejaron del sitio y los otros dos quedaron en el suelo, inmóviles.

Justo entonces giró su mirada hacia la joven, con cierto temor. Estaba herida, parecía que uno de los chicos le había hundido una navaja en el abdomen. El olor era intenso, su sangre espesa se colaba por los dedos de su mano, que apretaba fuertemente la herida. Ella lo miró, pero este no se movió. Tenia clavada su mirada en aquella herida, en el color de la sangre, en su olor... 

Su máscara estaba en el suelo por el forcejeo y podía verse como poco a poco sus ojos se volvían de color rojo y como sus colmillos se asomaban lentamente por su boca. La mujer lo observó con una mueca de terror en su rostro, ese individuo no era normal pero no podía moverse, la herida era demasiado profunda. Sentía demasiado frío. No podría huir.

El hombre se acercó a ella. Sus gestos eran enérgicos por la excitación de la sangre que se desprendía del cuerpo de la que tenía enfrente. No pensaba, no cesaba en sus movimientos. Entonces cruzó la mirada con la joven, exactamente la misma expresión que aquella mujer que moría en sus brazos. 

Paró en seco, observó que el cuello de la chica ya tenía marcas de sus colmillos ¿Cuándo lo hizo? Saboreó la sangre en su boca. Sí, en su deseo por probarla, su propia conciencia se alejó del lugar y ni siquiera recordaba haberla mordido. Sólo la observaba, esos ojos estudiando los suyos. Los cerró.

Ella aún estaba viva pero él no quería continuar absorbiendo su vida. No necesitaba mirarla para sentir remordimientos de nuevo ¿Cómo volvió a caer en la trampa? La observó sin saber muy bien qué hacer hasta que ella inesperadamente agarró su mano, tan fuerte, que incluso dolió. Recordó la soledad de los siglos pasados y, al ver que ya no tendría otra oportunidad, esa sensación tan odiosa volvió a su cuerpo.

Entonces observó su muñeca... ¿Demasiado tarde? Los ojos de la joven se apagaban por momentos, su cuerpo ya estaba frío... ¿Podría funcionar? 

No quiso pensarlo más.

Hundió los dientes en su muñeca derecha y se la ofreció a la chica. Sus labios estaban helados pero él simplemente se quedó inmóvil, esperando a que no fuera demasiado tarde y la joven succionara la sangre que le ofrecía.

Ese rojo carmesí que brotaba de su muñeca...



FIN



  
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