lunes, 8 de octubre de 2012

Elemental III

La cuarta parte y tercer capítulo de esta historia, comentad si os está gustado. En este capítulo aclaro muchas cosas y describo bastante parte del mundo en el que se mueven los protagonistas, esperad que solo falta un capítulo más y ya conoceréis a todos los personajes en su totalidad. Pronto subiré unas sorpresas espero que os gusten. Y como digo siempre: Os dejo con la historia...

Capítulo 2: Una nueva vida


Capítulo 3: Alianzas


El guerrero corría por el angosto pasillo, con una antorcha en su mano derecha, solo él y su señor conocían aquél pasadizo. Era el brazo derecho del monarca y el teniente general de las tropas de Atharos, por tanto poseía ciertos privilegios. Llevaba su túnica cobriza, típica de los soldados de las tierras del sur, enfundada en una armadura que se adaptaba perfectamente a su cuerpo. Protegiendo su cabeza llevaba un yelmo, este solo estaba formado por el morrión y una pequeña barbera, su diseño era digno de admirar ya que su forma y grabados imitaban los de un tigre de la antigua era. En el sur el poder más común era el de la fuerza bruta, así que el color de su ejercito y su gente representaba la tierra, lo fuerte, lo poderoso. Su bandera tenía de fondo, sin lugar a dudas, ese color. Y el símbolo de la forma de un tigre la adornaba allá donde estuviera alzada.

El hombre lucía agotado, se podía entrever que regresaba de un duro viaje. Su rostro, preocupado, denotaba que era portador de malas noticias. Ya estaba llegando al final de lo que hasta ahora parecía un pasillo interminable. Puso la antorcha en un soporte a su derecha, concebido especialmente para eso. Y observó la pared que tenía enfrente, con la luz de la antorcha se podía ver claramente un saliente en la parte inferior pero el soldado sabía su ubicación exacta. Al apretar su mano contra el resalte, este se incrustó en la pared. Un ruido casi inaudible comenzaba a sonar, la pared giró sobre su eje. Ahora podía verse como en los lados abiertos la luz penetraba libremente, sin más dilación el soldado salió de aquel pasillo sofocante.

-Mi señor, Danazir ha llegado- El sirviente estaba, con su cuerpo inclinado, ya en medio de la gigantesca sala, llevaba una toga de un tono pardo con varios bordados dorados a lo largo de ella. El hombre tenía su cara demacrada por el paso del tiempo y, aunque la capa lo tapara de pies a cabeza, podía vislumbrarse lo extremadamente famélico que estaba. En frente suya estaba el trono ocupado por un hombre joven de ojos vivos, color verde agua, casi blanquecinos. Su espalda descansaba en el respaldo de su cómodo asiento y su barbilla descansaba sobre su mano izquierda, despreocupada. Su atuendo indicaba su nobleza, pero su semblante era el que más evidenciaba su clase. Desprendía una belleza hipnotizadora que a la vez avisaba de su maldad. Su cabellera, gris plateada, descansaba en los hombros y una fracción de su pechera. Parte de su frente estaba cubierta por una tiara adornada con los mismos motivos que los yelmos de sus soldados pero hecha de oro blanco y diamantes incrustados.

-¡¿Y por qué me haces esperar?! ¡Debería estar frente a mí ya!- La calma y la sombría que mostraba segundos antes desaparecieron, ahora su cuerpo se había incorporado hacia delante, mirando al viejo hombre, sus ojos avisaban de su enfado. El anciano sin demorarse más, corrió hacia la entrada de la estancia. El guerrero Danazir entró con paso ligero, de un movimiento se quitó el yelmo descubriendo su melena blanca medio trenzada a un lado. Acto seguido se postró ante el noble joven, como señal de respeto. Miró hacia su señor para ver el gesto de aprobación, por lo que se enderezó de nuevo.

-Habla- El joven avistó en el rostro del soldado que traía malas noticias, así que se levantó de su trono y fue hacia él. Su forma de andar también era distinguida y sofisticada, digna del noble que era. No apartaba la vista del hombre que tenía cada vez más cerca.

-Mi señor, aún no la hemos encontrado, cuando el rumor se expande le da la oportunidad de esconderse mejor, y la hace aún más difícil de encontrar- Explicó mientras veía al joven acercársele.

-Me estoy acostumbrando a escuchar esto una y otra vez por estos dos últimos años ¿Cómo crees que es? ¿Bueno o malo, Danazir?- Sus ojos no preguntaban en ese momento, estos estaban llenos de malicia, el hombre podía intuir que no esperaba la respuesta. Se limitó a inclinar su rostro hacia abajo. -Sé que eres un buen soldado... Y qué lo darías todo por tu señor... Pero ¡¿Por qué demonios no puedes encontrar a una simple estúpida, la cual solo quiere amargar mi existencia?!- El joven estaba ahora mirando fijamente a Danazir, este comenzó a notar una fuerte presión en su cuello, algo le impedía respirar, era el poder del joven, lo sabía. Su rostro tornaba a morado por momentos y la falta de aire hizo que cayera de rodillas al suelo sin fuerzas, poniéndose las manos en el cuello. -No morirás ahora, todavía tienes utilidad para mí, acaba de informarme y lárgate de mi vista- Se alejó unos centímetros del guerrero y este notó como la presión desaparecía y sus pulmones volvían a recibir aire. Tosió un par de veces y unos segundos después de recuperar la compostura, se puso de pie, como si no hubiera pasado nada.

-La soberana Asitafna requiere su audiencia, mi señor. Insiste en que hablará de alianza si va a verla, personalmente- Su voz aún sonaba afectada por la anterior “hazaña” de su rey. Este cambió radicalmente su expresión, ahora lucía una amplia sonrisa y dio la espalda al soldado. Segundos después volvió a girarse mostrando una mueca feliz y retozadora.

-Me encanta la idea, manda al capataz a que escriba mi partida en las crónicas, partiremos hoy para estar allí mañana mismo- Ahora su dedo indice tocaba repetidas veces su mejilla, aún tenía algo más que decir.

-Mi señor para llegar mañana deberíamos ensillarle un Alatista y sabe lo agresivos que se ponen en esta época del año- Debía salvaguardar la seguridad de su majestad, pero sabía su contestación de ante mano.

-Si vuelves a sugerirme algo como eso morirás- Volvió a clavarle la mirada. -Además tú me acompañarás, si ves que algún animal se vuelve contra mí solo mátalo- Esta vez sonrió, su ademán era ahora bastante enérgico.

-Así se hará, mi señor- Dicho esto, Danazir se retiró rápidamente de la enorme sala dejando a un joven ahora complacido y con una maquiavélica sonrisa.

Ya salía del inmenso castillo, uniformado, con una armadura muy parecida a la de su soldados, pero color bronce, algo que lo identificaba como el más alto cargo del ejército de Atharos. Su tiara había sido sustituida ahora por un yelmo del color de la armadura y con mucho más volumen que el que lucían sus tropas. Varios sirvientes, Danazir y tres soldados lo esperaban en una explanada, al llegar el viento comenzó a ser huracanado. Mirando hacia arriba, podían verse cinco criaturas aladas de grandes dimensiones. Eran llamados Alatistas, ya que la mayor parte de su descomunal cuerpo eran dos increíbles alas pardas, lucían como las de un águila imperial pero diez veces más grandes. Su complexión se asemejaba bastante a la de un león de la antigua era y sus patas a las de un dragón. Un pelaje ocre, como el de un potro, cubría casi toda su figura. Su cabeza mezclaba características tanto de felino, por su hocico y pupilas rasgadas; como de équido, por la forma de su cabeza y cuello. Venían montadas por los capataces a cargo de la villa privada del reino, donde se adiestraban los caprichos de su majestad. Amaba tener cualquier animal que le pareciera buen transporte, por muy peligroso que fuera. Muchos mozos perdían la vida intentando domar a las más salvajes bestias, para mantener contento a su señor.
Con una majestuosa calma, los cinco animales se posaron en el suelo, los capataces bajaron con pasmosa facilidad y acto seguido dieron las riendas a los soldados. Dos de estas se las pasaron a Danazir, puesto que una iba destinada al joven noble. El guerrero se la ofreció con respeto, pero el monarca estaba distraído, acariciando la cabeza de uno de los seres alados.

-Mi señor...- Lo llamó con tono suave, ofreciéndole las bridas de la criatura que estaba acariciando.

-Sabía que en mi presencia se calmarían... La gente no los comprende como yo, por eso muere intentando domarlos. Solo hay que entenderlos...- Cogió las riendas sin dejar de acariciar al animal, admirando su nobleza, ensimismado por su belleza. Después de unos segundos, ya fuera de su ensoñación, de un solo y poderoso impulso se sentó en la parte posterior del animal, donde se hallaba una montura perfectamente ensillada. Para ojos humanos ese movimiento sería algo casi imposible, tanto por la rapidez como por el peso de tal armadura. Danazir lo imitó con un gesto aún más habilidoso, tantos años de adiestramiento en el ejercito le habían dado destreza para estos pequeños detalles. -¡Vamos!- Los soldados que restaban siguieron las ordenes, montando en sus respectivas monturas y momentos después incentivaban a las bestias, con sonidos rudos, para que alzaran el vuelo.

En un estruendoso sonido del viento encolerizado, por el batido de tan poderosas alas, los cinco animales comenzaron a elevarse hasta que encontraron equilibrio para comenzar su viaje. Decían que un Alatista podía recorrer el mundo de este a oeste en tan solo un par días. Sus poderosas alas permitían surcar los cielos a una velocidad estrepitosa era el transporte común de alguien que supiera domarlos. Se caracterizaban por lo imposible que se hacía adiestrarlos y por lo susceptible que eran a los cambios, tanto de clima como de dueño.

Tardaron tan solo medio día en divisar las montañas del oeste, se podían diferenciar por su alta concentración de hielo en ellas y su increíble altura. Era un territorio bastante frío, nevaba en todas las estaciones del año y no daba tregua a los viajeros de tierras desérticas, que sufrían el cambio tan drástico de temperaturas. Por suerte en el sur, las temperaturas eran medianamente templadas, y aún notando el tremendo cambio, uno podía habituarse rápidamente al gélido clima del oeste.

Unos minutos más tarde divisaban, entre la espesa niebla, el enorme palacio de Dorfmon. Se elevaba por encima de todo lo demás, sus torres atravesaban las nubes. Ya casi encima de esas estructuras, los cinco animales eran guiados para bajar su vuelo. Poco a poco, podían apreciar más detalles del espectacular reino al que se estaban acercando. Muchos decían que sus paredes y muros eran contagiados por la belleza de su regente. Pocos tenían el privilegio de ver su rostro, pero al escuchar esas leyendas, los viajeros se conformaban simplemente con ver el enorme palacio en todo su esplendor.

Ya se distinguían los preciosos detalles de las torres, en un fondo negro, numerosas pinturas plateadas imitaban escenarios de la naturaleza. La del centro tenía una gigantesca figura colocado en lo alto, era una sirena. Parecía hecha de hielo, sus brazos erguidos formaban una uve como si estuviera invocando al cielo por un poderoso hechizo. Su rostro sin embargo miraba al frente, sus ojos desprendían una fuerza fulminante, como si de un momento a otro fuera a atacar, con semejante poder, al que la mirara fijamente.

Elegantemente, las cinco criaturas, aterrizaron en el patio principal del recinto. Varios sirvientes se sorprendieron pero al identificar de quienes se trataban, corrieron a atender a los recién llegados. Danazir, como sus otros soldados, entregó las riendas a los serviciales hombres que llegaban rápidamente. El monarca sin embargo espero que el sirviente de más rango llegara a él para atenderlo. Este llegó y, con un gesto de sumo respeto, tomó las bridas del joven que ahora avanzaba hacia la entrada principal del monumental castillo. Sin más dilación sus secuaces lo siguieron muy de cerca, escoltando perfectamente a su rey.
Pudo ver que dos soldados de Dorfmon custodiaban la enorme entrada. Lucían armaduras parecidas a la de sus hombres pero el color de sus túnicas era un azul grisáceo. Lo que más los diferenciaba era sus yelmos, tenían grabados que imitaban las olas del mar, y su forma recordaba la de un tiburón blanco. A los lados, dos aletas, perfectamente esculpidas.
Los hombres al ver al joven noble, dieron un fuerte golpe en el suelo con las lanzas que llevaban en su mano derecha y poco a poco la enorme puerta se abría de par en par.

-Esperen aquí, mi señora los atenderá en unos segundos- El sirviente que habló apareció del fondo de la estancia y se paró en frente del séquito. Eso de tener que esperar no le hizo mucha gracia al monarca, pero ver de nuevo a esa hermosa mujer valía la pena. Asintió con su cabeza y una sonrisa falsa en los labios. Los cinco individuos se relajaron, quitándose los yelmos, para sostenerlos entre su cadera y su mano izquierda.

Ya había estado allí varias veces, para otros asuntos muy distintos a los que le traían este día. Giró sobre sí. Podía admirar la hermosura de la sala, a diferencia de sus muros exteriores, las paredes y el techo de esta, eran de un gris blanquecino que contrastaba con dibujos casi imperceptibles pero que al observar detenidamente se podían interpretar como motivos florales. No había mucho inmobiliario lo que denotaba que era un simple vestíbulo, para recibir cualquier visita.

Todas las miradas se giraron para recibirla, los rumores de su belleza se quedaban cortos al tenerla frente a frente. Sus ojos eran los que más encanto desprendían, su color plateado y su forma encandilaban a todo el que los mirara detalladamente. Sus demás rasgos armonizaban perfectamente ya que eran delicados y a la vez bien definidos. Lucía una tiara, de lo que parecía hielo, tenía grabados que representaban al mar y a primera vista se le veían incrustadas diversas piedras preciosas. Su atuendo consistía en un vestido de un tono grisáceo pero con estampados de diversos tonos. Este destacaba por su forma oriental y por el corset que se ceñía a su cintura, con un tono bastante oscuro, casi negro. Todo en su conjunto le añadía aún más atractivo a la mujer que ahora se les acercaba, elegantemente.

-Me encanta la rapidez con la que responde su majestad a mis deseos- El monarca se dio por aludido al escuchar esto. Se acercó a la dama y respetuosamente se inclinó para besarle la mano.

-Es un honor para mí satisfacer vuestros deseos, mi hermosa dama- Al volver a erguirse la miró fijamente a los ojos. Le encantaba admirar la profundidad de estos, proyectaban tal inocencia que le provocaba un desenfrenado deseo por poseer a su dueña.

-Tenemos asuntos que tratar, vayamos a la sala del trono- Esperando que el monarca la siguiera se adelantó hacia las escaleras.

-Esperad mi regreso- Ordenó el joven a sus hombres, ahora siguiendo a la mujer.

-Dejadles que mis sirvientes les sirvan algo, el viaje de regreso puede ser agotador si no reponéis fuerzas. ¡Marathar!- La mujer paró en seco, para llamar a su sirviente. Este llegó segundos después, inclinando su rostro preparado para recibir ordenes. -¡Sírvanles algo de comida y lo que deseen para acompañarla!- Dicho esto dirigió su mirada a los hombres que eran guiados ahora por Marathar. Su mirada se fijó especialmente en Danazir, quizás por su evidente atractivo...

-Vamos mi señora- Indicó el monarca justo detrás de ella. Simplemente desvió la mirada y sonrió ahora al joven noble.

-Seguidme- Con paso decidido terminaron por subir las escaleras.

Ya en la sala, donde además del trono había una mesa y varias sillas, se podía ver la misma estructura que el vestíbulo de donde venían. Allí se celebraban reuniones para decidir el destino del reino que regentaba y las leyes de este.
Con total libertad el monarca se adelantó a sentarse en una de las sillas, ya había preparado un buen manjar sobre la mesa y tomó una uva, del gran racimo que estaba en el centro.

-¿Esto ha sido una simple escusa para verme, mi señora?- Preguntó el joven mientras se alimentaba con varios frutos secos ahora.

-Sé el interés que tienes hacia mi, pero ya te hemos hablado de eso. Quizás cuando nuestros asuntos finalicen y solo quizás, pueda complacer tus deseos, Thiago- La mujer le daba la espalda, pero sabía la expresión de este al escuchar sus palabras.

-Sabes que no me gusta esperar, Asitafna- Se levantó hacia ella con el ceño fruncido.

-Lo sé perfectamente, aún así, te tengo una buena noticia- Ella se giró hacia él y puso su dedo indice en la nariz de este.

-Y ¿De qué se trata? ¿Quizás las negociaciones con Gorflan han surgido efecto?- Ahora agarraba la mano de la mujer para besarla y ponerla en su mejilla.

-No tan buenas noticias pero creo que dentro de poco cederán a mis negociaciones, hay ofertas que no se pueden rechazar...- Suavemente apartó la mano del rostro del monarca, sin que este se sintiera ofendido. La miraba ahora fijamente, con júbilo en sus ojos.

-Sabía que la dama Asitafna no me fallaría, solo espero que ningún rumor sobre estas negociaciones se filtre y llegue a sus oídos, sabes que desde lo que pasó con mi hermana, Nathar no puede verme, me odia. Si se entera que estoy detrás de todo esto... Nuestras intenciones de alianza se irán al traste ¿Lo sabes, verdad?- Ahora agarraba a la mujer por la cintura enérgicamente.

-Sí, ahora suéltame- Estaba alterada, pero no quería demostrárselo al joven que ahora la obligaba a algo que no quería. Este comenzaba a besarla en el cuello, cada vez la agarraba de la cintura con más fuerza. -¡Thiago!- El joven seguía sin escuchar la petición insistente de la mujer.

-¿Por qué tanta resistencia mi dama? Ambos podemos disfrutar de esto- Sin poder decir más el joven sintió la mano de Asitafna en su nuca. De pronto notó un escalofrío que se convirtió en punzadas de dolor, dolor hacía el frío que ahora estaba proyectando la mano de la mujer. Ese era su poder. Le estaba congelando la piel por momentos. Justo en su nuca, esto hacía que no pudiera utilizar su poder contra esa gélida habilidad de la dama. Sabía su debilidad, por desgracia solo podía soltarla de manera afable y lentamente.

-Lo sé, Thiago. También sé lo limitado que es tu poder, así que no juegues con fuego. Yo siempre puedo apagarlo, no lo olvides- Ya libre de los brazos del joven, su corazón se calmó. Segundos después quitó su mano de la nuca del regente. Este calló de rodillas para recuperar el aliento que ahora salía difícilmente de su boca, como un vaho casi congelado.

-Maldita z...- Cuando se iba a abalanzar sobre ella, Danazir entró sin más en la sala. Por un segundo observó la escena y se fijó en Asitafna, ella le devolvió la mirada, quizás agradecida, su entrada la había salvado de una escena incluso más temible. Esto hizo que el monarca se detuviera con su rostro de ira enfocado ahora hacia su soldado. -¿Qué demonios haces aquí?

-Lo siento mi señor, es algo de suma importancia- Se limitó a decir, ahora, con su rostro gacho.

-¡Dilo ya, maldita sea!- Aún molesto, pero con una recuperada compostura, exigió que prosiguiera.

-La han encontrado mi señor, me han informado de la posición exacta de vuestra hermana- Danazir sonreía ampliamente hacia el joven noble. Este cambió su expresión irritada por una de suma felicidad.

-Ahora es tu oportunidad para redimir tus errores, buen soldado- Expresó con entusiasmo el monarca.

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