lunes, 15 de octubre de 2012

Elemental IV

La quinta parte de esta historia ya está aquí, espero que os esté gustando... Vuestros comentarios me ayudan a seguir así que "porfa", comentad que os parece, dudas y preguntas que queráis hacerme. Bueno os dejo con la historia.


Capítulo 3: Alianzas


Capítulo 4: El Populus


Hacía años que los Praesidios ya no eran humanos, eran criaturas mezcla de hombres y cibors. Diseñados ahora para eliminar cualquier amenaza y vigilar la frontera, tanto por dentro como por fuera. Habían olvidado hace mucho tiempo que eran seres humanos y se limitaban a detectar anomalías dentro y fuera del Eras, eliminándolas. En el Succum se separaba del Populus por decenas de puestos militares, que impedían el acceso sin una justificación razonable. Entre la frontera y el Succum, los Praesidios mantenían controlados a los habitantes del Populus, pero hacía mucho tiempo que este se había descontrolado, la gente vivía en ínfimas condiciones y organizaban numerosas protestas contra las fuerzas militares, en las que se cobraban numerosas vidas. Ahora los Praesidios se dedicaban a patrullar sus calles, solo cuando debían eliminar algún que otro rebelde amotinado o a alguien que alzaba la voz contra ellos.
El Populus era como la carretera, deteriorada y descuidada, entre dos aceras perfectamente modernizadas, con lo último en tecnología y protección militar. La gente de esa “carretera” miraba las altas torres del Succum con resentimiento, los habían abandonado, al igual que hace milenios a los que se quedaron fuera de Eras. En el fondo sabían que anhelaban vivir en una de esas torres pero su odio hacia ellos había superado ese deseo por el de intentar terminar con la situación esclavista en la que vivían. Trabajaban en su mayoría construyendo mecanismos que abastecían a todo el Succum. Cuando se producía una revuelta los Praesidios, sin piedad, eliminaban a las familias de todo aquel que se atreviera a continuar rebelándose. Obligándolos a esclavizarse voluntariamente para salvar a sus familias.
Algo sumamente extraño, era el poco interés en tener registros de identidad de los que habitaban el suelo del Eras, no había nada que los identificara entre ellos. Los trataban como ganado. Lo que diferenciaba a un ciudadano del Populus de uno de Succum, era una pequeña marca de fuego en la muñeca, algo degradante y obligatorio que se le hacía a un niño cuando nacía en el Populus, grabar su pequeña extremidad con un hierro ardiendo, esa marca era llamada “Hatalon”. Ese era el estigma que identificaba a la clase trabajadora e insignificante del Eras.

Los Praesidios la estaban alcanzando, debía encontrar un escondite antes de que dieran con ella. La joven corría con todo su ímpetu hacía el centro de la zona C, del este del Populus, donde los más pobres sobrevivían. Las casas no eran tales, muchas consistían en muros de barro y paja con poco más de cinco metros cuadrados cada una. Los ataques desmesurados de aquellos seres, a veces dejaban sin hogar a muchos de ellos y no tenían más remedio que vagar por aquellas estrechas calles. La muchacha lucía una capa que tapaba desde la cabeza hasta poco más abajo de las rodillas, se veía perfectamente su calzado, unas botas totalmente desgastadas color negro. Ahora manchadas de barro, estaba lloviendo lo que le hacía aún más difícil huir, ya que casi todas las calles del Populus estaban pavimentadas de arena. Medían unos dos metros y un paso suyo eran tres de la joven. Miraba hacía atrás con la esperanza de ver ampliada la distancia entre ellos, no fue así, estaban cada vez más cerca. Podía ver sus grandes cuerpos cubiertos por ese metal grisáceo, parecía liviano y a la vez resistente contra cualquier ataque. Si eran algo humanos, ella no podía identificar esa parte de ellos, solo observaba tres criaturas mecanizadas sin ningún rasgo de vida natural. Sus cascos estaban totalmente hermetizados y solo una visera negra, que les ocupaba la mayor parte del rostro se distinguía entre tanto metal plomizo.

Ya los tenía encima, aceleró con sus últimos esfuerzos pero no se esperaba que tres más de ellos estuvieran al final de la calle donde se dirigía. Su cuerpo paró en seco algo que con el resbaladizo barro la hizo caerse de espaldas al suelo. Estaba perdida y encima creía tener el tobillo roto por la caída. A ambos lados de la calle los Praesidios se le acercaban, sabían que la tenían acorralada.
Mientras intentaba levantarse, había una bocacalle a unos metros de ella, si tan solo pudiera avanzar unos metros tendría una mínima posibilidad de volver a despistarlos. El dolor era insoportable y ellos ya estaban muy cerca, era el fin.

De pronto alguien la cogió en brazos tan rápido que ni los Praesidios pudieron actuar, la llevaba tan livianamente que le pareció estar volando. No se fijó en su cara hasta segundos después, cuando ya estaban escondidos en un callejón. El individuo ahora la miró fijamente.

-¿Estás bien?- Aún la tenía en brazos cuando lo preguntó. Sus ojos gris platino reflejaban preocupación por la joven que ahora estaba un poco aturdida.

-Sí, estoy bien. ¿Y tú quien...?- Al mirarle a los ojos lo reconoció. Esos ojos podía reconocerlos en cualquier parte. Ahora llevaba una capucha pero su rostro bajo ella estaba descubierto, aún con la poca luz que el cielo ofrecía y a pesar de la lluvia, ella averiguó de quien se trataba. -¡Demonios! Qué susto me has dado- Él le ofreció una sonrisa y con sumo cuidado la dejó que se pusiera de pie por sí sola. Esta lo intentó pero el dolor del tobillo no la dejaba apoyar su pie derecho. -¡Ah! Creo que está roto- La joven se quejó, agarrándose del brazo izquierdo del joven, se inclinó para verse el tobillo totalmente hinchado y con alguna que otra herida ensangrentada por el golpe brusco.

-No nos siguen ya ¿Quieres que te lleve hasta casa?- Sugirió el joven, dejando que la muchacha se equilibrara agarrada de su brazo. Su mano libre la puso en el hombro izquierdo de ella para que no perdiera su balance.

-No hace falta, sabes que no voy a durar mucho herida, Lagnak- La joven le sonrió antes de volver a observar su tobillo. Su mano aún estaba masajeando el dolorido pie cuando de esta salió lo que parecía una luz blanquecina casi imperceptible. Aún con resto de barro en la zona, podía verse como en segundos, lo que era un tobillo roto y raspado se volvía en algo totalmente sano y recuperado. Ya no quedaba ni un pequeño rasguño, solo el barro espeso en sus piernas y ropa.

-A veces se me olvida que eres una enfermería andante, Lariko- Se burló Lagnak mientras veía como la joven probaba, con éxito, a apoyar el pie. Ahora ya podía mantenerse erguida, así que se soltó del brazo que la sostenía.

-Anda y vayámonos, esos pueden encontrarnos en cualquier momento si nos despistamos. Uy, espera, a mi también se me olvida que eres el chico sabelotodo. Sabrías si nos estuvieran persiguiendo ¿Verdad?- Replicó complacida Lariko. El joven simplemente sonrió a la respuesta de la muchacha y apartó su mano del hombro de la joven.

Ya estaban frente al hogar que los había protegido por todos estos meses. Mirando hacia ambos lados de la estrecha calle Lariko introdujo una llave desgastada en la cerradura y poco a poco la abrió. Ambos al entrar y cerrar la puerta suspiraron, ya podrían relajarse, estaban en casa. Consistía en una estancia pequeña dos camas a la derecha y una mesa, con tres sillas alrededor, en el centro. La habitación estaba iluminada por la luz de la leña quemándose en una pequeña chimenea en la izquierda. Lagnak comenzó a quitarse la capa mojada que llevaba. Era un hombre de casi unos dos metros, algo bastante raro en el Eras pero bastante común entre los Essens. Efectivamente era un Essens, al descubrir su cabeza podía verse su melena grisácea atada en la parte posterior de su cabeza. Mechones largos caían por los dos lados de su rostro, ahora mojado por la lluvia, sus ojos plateados lucían vivos algo que encajaba perfectamente en su conjunto. Era descaradamente guapo y no trataba de ocultarlo. Su sonrisa al ver a la joven tropezarse, torpemente, con sus botas llenas de barro, le añadía un irresistible atractivo.

-¿Te ríes?- La muchacha se quitó una de sus botas y rápidamente la tiró al rostro del hombre que se reía plácidamente. Ella sabía de ante mano que el tipo iba a esquivarla fácilmente pero su rabia la obligó a hacerlo. Segundos después estaba quitándose la capa empapada en agua, mientras Lagnak, ya sentado en una de las silla, se frotaba el pelo con un trapo seco que cogió, del improvisado tendedero, enfrente de la chimenea. Ella era bastante baja y menuda, no llegaba al metro ochenta. La camiseta y el pantalón ajustado que vestía, hacía fácil ver su figura. Aún delgada, como lucía la mayoría de Essens, estaba demasiado para tener un peso normal. Algo que permitió minutos antes, a Lagnak, cargarla sin ningún tipo de esfuerzo.
Su melena ahora suelta y arremolinada, también era bastante clara, pero a diferencia de él, ella tenía un blanco glaciar que deslumbraba entre la penumbra que ahora imperaba en el sitio. Sus ojos azules le daba una mirada liviana y a la vez risueña. Tenia rostro de niña, lo que le hacía difícil al joven Lagnak no tratarla como tal. Quizás porque era unos cuantos años mayor que ella o por su aspecto angelical lo que le hacía querer protegerla. Aunque en varias ocasiones había demostrado que podía valerse por si misma, él siempre estaba pendiente de ella, por si la cosa se torcía como la última vez.

-¿Qué demonios hacías en la zona D? Y no me digas que no, porque lo sé perfectamente- Ahora la miraba impacientemente.

-Si lo sabes ¿Para que preguntas?- Respondió con desdén pasando por delante de él en busca de algo de agua para limpiarse el barro que manchaba casi todo su pantalón.

-¡Lariko!- El hombre ahora estaba de pie con su entrecejo fruncido.

-Tu poder a veces me decepciona ¿Sabes?- Se giró la joven desafiante.

-Sabes perfectamente que no tengo forma de controlarlo, algunas veces deberías comprender su magnitud- Lagnak bajo su tono a uno más sereno, se notaba la tristeza en sus palabras. La joven captó la actitud del hombre y inmediatamente se arrepintió de lo que había dicho.

-La zona D está siendo redada, uno de los puestos de mando ha sido saqueado por la gente de la zona, y los Praesidios han arremetido contra todos ellos. He ido a mirar si podía ayudarlos pero muchos han muerto antes de que yo pudiera hacer nada por ellos- Confesando sus lagrimas salían fácilmente recorriendo su rostro ahora gacho recordando la escena a la que se había enfrentado horas antes. El joven la abrazó instintivamente intentando mitigar su dolor, pero su llanto se hizo más fuerte.

-Lariko, escuchame- Cogió suavemente el rostro de la joven entre sus manos. Secando sus lagrimas la miró con dulzura, algo que la hizo calmarse. -Si abusas de tu poder, pronto correrá el rumor de que alguien extraño está usando algo sobrenatural para ayudar a la gente. Sé que la gente del Populus es incapaz de delatarnos, pero si algún soldado te descubre estaremos acabados. Y los nuestros no podrán encontrarnos, para salir de aquí. Tienes que ser muy cuidadosa ¿Está bien?- La joven asintió afablemente y Lagnak la besó en la frente, como un hermano mayor a su querida hermana pequeña.

De pronto del techo comenzó a caer arenilla, después un fuerte golpe que venía de él y por último una sacudida que hizo tambalear todo al rededor de ellos. El ruido era ensordecedor, pero más intenso era el movimiento que producía al moverse. El hombre puso su brazo encima de la cabeza de la joven y la obligó a agacharse imitándola después.

-¿Qué demonios...? ¿Otra vez?- La joven alzó la cabeza para comprobar el caos que ahora imperaba en la estancia. La mano de Lagnak se posó fuertemente en la cabeza de ella, para que no se lastimara con alguna estaca o roca que cayera del inestable y frágil techo.

-No te muevas, creo que andan buscando algo. Ven, debajo de la mesa- Ambos estaban ahora debajo de la mesa esperando a que eso, que hacía que todo se moviera bruscamente, se fuera. Segundos más tarde llegó la calma, fuera lo que fuese, ya no estaba encima de ellos. Poco a poco el ruido infernal se escuchaba cada vez más lejos. Ya podían salir de la mesa, se incorporaron tranquilamente, sabiendo que ya había pasado.

-Es la tercera vez esta semana ¿Que es lo que está pasando?- Se quejó Lariko sacudiéndose el polvo, de su pelo y hombros, que le cayó momentos antes.

-Se preparan para una guerra inminente- Aclaró contundentemente Lagnak.

-No entiendo ese miedo hacia nosotros, lo que están haciendo es justo lo que los llevará a la perdición. Si tan solo nos comprendieran...- Con tristeza comenzó a sacudir la arenilla de los hombros del joven hasta que comenzó a hacerlo por si solo.

-Cierto, pero eso no lo saben. Por su ignorancia cavarán su propia tumba, aunque eso también depende de los nuestros. También deberían entenderlos, es una situación de miedo- Explicó, tranquilamente Lagnak, mientras se sentaba en una de las sillas.

-¿Por miedo? ¿Crees que por miedo destruyen familias secuestrando a los nuestros para utilizarlos como cobayas? ¿Eso es justificable? ¿En serio Lagnak?- Estaba frente a él con una expresión de acusación, sus manos estaban encima de la mesa todo su cuerpo se apoyaba en sus brazos con un ademán rudo. Miraba al hombre fijamente todo su cuerpo estaba echado encima de él con suma tensión.

-El miedo hace que los humanos comentan esos errores. Al no conocer, hacen uso de lo más básico que es intentar buscar el punto débil del que creen su enemigo. Por supuesto que no los justifico, pero si los comprendo- Su tez era serena, sabía como la joven se sentía pero jamás iba a mentir para endulzar sus oídos. La joven debía aprender el valor de ponerse en el lugar de otros. No era nada suyo pero la quería como una hermana. Nunca la confundiría con mentiras y mucho menos obligarla a renunciar a sus principios.

-¿Por qué siempre tienes razón? Discutir contigo es algo inútil y cansado. Me rindo ¿Ok?- La joven, vencida, se dejó caer en la silla que tenía justo detrás. Una leve sonrisa se escapó de su boca. Lagnak simplemente rió, no porque ganara nada, simplemente le gustaba ver sonreír a la joven.

-Voy a preparar la cena ¿Me ayudas?- Ya estaba frente a la chimenea, varios cuencos y un anafre esperaban junto a ella.

-Bien- Asintió ayudando al joven a poner uno de los cuencos en el anafre. Lagnak fue hacia el único mueble de la estancia y abrió uno de sus cajones para sacar un par de cucharas de madera. Mientras Lariko, con sumo cuidado, vertía una especie de sopa con condimento en el cuenco ya puesto encima del soporte.

Unos fuertes golpes hicieron que ambos miraran la puerta al mismo tiempo, alguien estaba afuera aporreándola. Lagnak se puso el dedo indice en los labios, para que la joven guardara silencio. Poco a poco fue a la puerta intentando que sus pasos no fueran oídos desde fuera. Puso su oreja derecha más cerca de la madera. Una respiración agitada fue todo lo que escuchó, fue rápidamente a por su capa, aún mojada, para cubrir su pelo y rostro. Antes de terminar de ponerse la indumentaria el individuo de detrás de la puerta habló:

-Lagnak, soy yo, abre- Reconoció la voz al instante, así que dejando la capa de nuevo en su sitio, corrió a abrir al hombre. -Esos Praesidios son persistentes- Entró, quejándose, un tipo de unos cuarenta años. Vestía una capa que le cubría entero. Al quitársela se veía a primera vista que era un humano: bajo, de pelo castaño y ojos negros. Por su naturalidad al observarlos parecía que sabía perfectamente que ambos jóvenes eran Essens. Ahora se frotaba las manos del frío del exterior.

-¿Qué te trae por aquí?- Preguntó Lagnak, con curiosidad, cerrando tras de si. El hombre saludó a Lariko que siguió vertiendo la sopa en el tarro. Se dio el lujo de sentarse en una de las sillas y mirar al joven con confidencialidad.

-No sabes lo que acabamos de descubrir Lagnak- Sonreía plácidamente mientras hablaba. -Esto podrá cambiar muchas cosas- Prosiguió el tipo obteniendo toda la atención del hombre que tenía en frente.

-¿De qué hablas?- Lagnak ya estaba sentado frente a él. Preguntó con insistencia en su tono.

-No sé si dentro de unos días, quizás semanas, podremos conseguir restaurarlo. Pero seguro que si todo va bien podremos abrirlo, sí o sí- El hombre hablaba para si mismo, como si quisiera convencerse antes él de lo que estaba comunicando.

-¿Restaurar? ¿Abrir?- Las cuestiones del joven sacaron del trance al tipo que ahora lo volvía a mirar, estaba eufórico.

-¡Lagnak, no te lo vas a creer! Hemos descubierto la vía de la que nos hablaste, esa que aseguraste que tu padre cruzó y en la que desgraciadamente murió. Esa que ha estado oculta hasta ahora- Los ojos del joven se abrieron en toda su extensión, era algo que debía asimilar por un momento. No sabía si era algo bueno o malo, debía evaluar la situación antes de actuar.

-¿Cuantos saben de esto?- Terminó por decir. El hombre aún confundido por la reacción de Lagnak, contaba con sus dedos y su cejo fruncido.

-Pues... Creo que nosotros tres y el clan Landard. Unas diez personas- Concluyó el hombre mirando con seguridad al joven.

-Te pido, no, te suplico que por favor hables con tu gente, diles que nadie más puede saber de esto. Nadie más. Todo depende de eso ¿Entiendes? Ahora, llevame allí- Su mano se encontraba en el hombro derecho del tipo. Este asintió y rápidamente se puso su capa. Lagnak se volvió hacia Lariko que aún no asimilaba lo dicho en aquella sala. -Lariko, debes quedarte aquí hasta que yo vuelva. Si sucede algo simplemente lo sabré y vendré inmediatamente ¿Está bien?

-¿Y tu? ¿Si te pasa algo a ti?- La joven fue hacia él con una mueca de preocupación pero Lagnak le sonreía ampliamente mientras se vestía con su capa, imitando al humano.

-No te dejaría sola, volveré sano y salvo. Te lo prometo- Acarició la mejilla de Lariko, pero esto no le quitó la preocupación a la joven. Simplemente asintió resignada.

-Vamos Lagnak, justo ahora es el cambio de guardia. Ahora o nunca- Apresuró a decir el hombre ya en la puerta al ver que los jóvenes se resistían a separarse. Sin más dilación Lagnak fue hacia el exterior aún mirándola. La joven en un impulso corrió hacia ellos y agarró su brazo.

-No me obligues a salvarte la vida de nuevo Lagnak ¿Lo entiendes?- Avisó Lariko con tono serio, sin soltarlo. Lagnak asintió con ímpetu, algo que por fin, convenció a la joven dejándolo ir, soltando su brazo. ¿Podrían cambiar las cosas? Esa pregunta rebotaba en su mente una y otra vez, mientras lo veía cruzar la esquina con rapidez.